6/15/2011
El Infiel
Hoy he sido infiel, pena y desgracias caigan sobre mí, he pecado, he roto lo que jamás debí romper, pero la lejanía, ah, la lejanía nos arrastra a comportamientos desdichados, inmorales, aberrantes, penosos en grado sumo.
Y lo que es peor, la conciencia me remuerde tanto que tengo que confesarlo, mi mente es incapaz de enterrar el hecho en la neurona más profunda y cortar sus axones, no, tengo que contarlo, incluso publicarlo de forma vergonzante, me es imposible soportar como un hombre hecho y derecho mis errores.
Y cuando uno se decide a ser infiel es mejor que sea con una persona joven, que el pecado merezca la pena, porque aunque el riesgo de no estar a la altura es mucho mayor la adrenalina corre a raudales por las venas, adrenalina por el miedo al fracaso y por la esperanza de éxito, y eso, a estas alturas, es una bendición.
Y os confieso, otra confesión, que, pese a la adrenalina, a la juventud y a lo que sea, al final uno se arrepiente, al final uno se da cuenta de que Lo de Siempre es Lo Mejor, con mayúsculas, dónde va a parar, tener que mezclarse con la juventud deja un regusto amargo, aquello que uno fue y ya no es, agua pasada que aún mueve los molinos, ...., bendita sea la rutina, benditos los tiempos actuales, bendita la edad que nos toca vivir.
Haceos a la idea, la autarquía, el ir a la tienda de raquetas a jugar dos horas contra la máquina, el golf en soledad, las cenas acompañado por Asimov y la química, ..., todo ello me arrastra a la infidelidad, y no lo he podido resistir, he pecado, por Dios que lo confieso, he pecado.
En definitiva, os tengo que confesar que he cambiado de psiquiatra, le he sido infiel, ahora juego al tenis con un pipiolo de Chicago, y encima, pobrecito mío, le curro pese a todas sus clases carísimas, pese a toda su juventud, pese al calor húmedo y asfixiante, mis cuarenta machacan a sus veinte, lástima de vida, ya nada es lo mismo, donde esté JD que se quiten los pipiolos, aunque el riesgo genere adrenalina.
En fin, de momento, infiel o no, el Capitán juega al tenis como los ángeles, aunque peque como los demonios, pero claro, no se puede ser perfecto, esa pretensión sería sin duda considerada como un pecado capital, soberbia pura. Aunque la verdad es que lo que fue soberbia fue la paliza que di al pipiolo porque, como dijo San Agustín, si nadie me lo pregunta sé lo que es el tiempo, pero por favor, no pidan que lo explique, sólo sé que a veces parece que no hubiese pasado.
P.S. La imagen: Custodia Romero, de Alfonso Grosso.


